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domingo, 2 de agosto de 2020

La Colonia de Santa Eulalia II. Exteriores.

Tras explorar por fuera el Teatro Cervantes y mirar a través del ojo de la cerradura, comenzamos nuestra excursión por los exteriores del complejo situado en la parte del municipio de Sax que comprende la Iglesia, el palacio de los condes, la fábrica de Alcoholes, los edificios de administración, de correos y telégrafos, la hospedería….

Papá y Mamá vestidos a la moda modernista, más o menos cuando se construyó el palacio de la Colonia. Fotografía de nuestra amiga Pilar Albelda Valls.

La nena nos preguntó “¿Y quién construyó todo esto éstoooo?”. Menos mal que



habíamos investigado un poco en varias webs sobre la Colonia y así pudimos satisfacer su curiosidad.


Todo este sueño fue debido al Conde de Alcudia, Don Antonio Padúa y a su esposa, la vizcondesa de Alzira Doña María Avial Peñas; el conde se asoció con Mariano Roncali para dar luz a esta Colonia agrícola a finales del siglo XIX.

El arruinado complejo, el bonito pueblecito de casas unifamiliares nos trasladaron a otras épocas, a otras vidas más esforzadas que las hoy en día conocemos, a otra sociedad de progreso industrial, de sociedades secretas, de gobiernos convulsos, de protestas obreras, sindicatos, de progreso y de lucha.

La familia vestida a la moda de la época modernista. Fotografía de nuestra amiga Pilar Albelda Vals.


Nos llamaron la atención los letreros de los edificios señalando su uso. La nena fue leyéndolos en voz alta, uno por uno., “Almazara”, “Almacén mecánico” (éste con mucha dificultad, tanto que no estamos seguros que fuera exactamente eso lo que el rótulo señalaba en su época).

Yo estaba empeñada en que ponía “Labares mecánicos “y de ahí no me sacaba ni el mismísimo Cthulhu, punto y final, fush  fush.

 Los edificios continuaban a lo largo de la carretera: “El Casinete”, la tienda... Todos los anteriores, los de las fábricas de harina y alcohol,  e incluso es de suponer que el de la puerta principal del teatro, estaban realizados en letras de cerámica roja indicando a qué se dedicaba cada edificio. Algunos aún conservan ese color rojo tan llamativo y tan característico.

La mayoría de las fotografías las realizaron Mamá y la nena (que hago fotos a todooooooooooo), ya que Papá no es demasiado ducho en estas lides, y siempre desenfoca las imágines o les incluye uno de sus dedos en medio del objetivo. Si es que es un negado para todo lo tecnológico. Tienes razón.

El tiempo nos acompañó excelentemente, ya que aunque hacía calor, éste no era agobiante. Además, la sombra de los edificios y de los árboles de los jardines que hay en torno a la plaza de la Iglesia, hacía más que llevadera la alta temperatura veraniega.

Empezamos por acercarnos hasta la ventana que daba al lateral del palacio. Allí pudimos ensimismarnos con los detalles de las molduras exteriores de la fachada, verdaderas obras de buen gusto y cuidada elaboración, como solía ser habitual de la época modernista. La memoria nos trasladó a un evento al que acudimos en Villena, vestidos a la moda de finales del siglo XIX, y agradecimos no llevar aquellos trajes en esta calurosa mañana de verano.  Jajajajajaja, es verdad.

 Es fantástico verlo en ruinas,pero es  mejor imaginar como era  en una vida pasada, hace siglos.



Volvimos sobre nuestros pasos, pasando otra vez junto al Teatro Cervantes. Frente a él, al lado de un arruinado almacén, se levantaba una nave enorme. A través de los agujeros que había en la puerta nos pareció observar una especie de silo, con dos filas paralelas de enormes cubas de cinco metros de alto o más, y por lo menos tres de ancho. No pudimos ver mucho más, por la oscuridad del interior, así que continuamos nuestro camino.

Girando a la derecha y continuado la carretera en sentido a Villena, fotografiamos a la nena en una enorme pileta adosada a la pared. Seguimos caminando hasta llegar a la esquina de la fábrica de alcoholes, donde se está la plaza de la Iglesia.


La iglesia la mandó construir Don Antonio Padúa sobre los restos de una anterior ermita en ruinas que en su día se levantó para conmemorar una victoria  de Berenguer de Entenza, auxiliado por Santa Eulalia sobre las tropas musulmanas. Por eso el lugar se llamó durante mucho tiempo “Los Prados de Santa Eulalia”.




A través de los jardines de la plaza, nos dirigi



mos al otro gran lateral del complejo. La puerta principal de la fábrica de alcoholes se levanta, aún hoy, con orgullo presidiendo toda la plaza. Nos sorprendió descubrir un inesperado reloj de sol. Estuvimos un rato intentando averiguar cómo interpretar la sombra para saber la hora. Al final, la nena decidió que “sobre las doce y media, Papá” mientras miraba su reloj azul de pulsera. Solventado el enigma, continuamos nuestra pequeña exploración.

A su lado, en dirección al palacio, pudimos ver la fachada, lo único que queda, de un “Despacho”,

Dije “Despacho, pone despacho” Mamá y Papá me miraron y Mamá dijo: “¿Dónde pone despacho?  La mirada de Papá decía lo mismo.

Le respondí: “Ahí” y señale donde ponía “Despacho”


 y ya, mejor conservado, la de Administración, donde una cabeza de león adorna una de los dos buzones de la fachada. A la nena le encantó la cabeza de León. Ella y Mama jugaron a meter la mano dentro  como en aquella película clásica en blanco y negro.



Rematando esta fachada, una enorme concha con motivos escultóricos vigila desde lo alto del edificio, recordando los objetivos agrícolas e industriales de la Colonia.

Una preciosa foto de nuestra guapa mamá, vestida al estilo modernista. Fotografía de Pilar Albelda Vals.


Y por fin, en la esquina izquierda, llegamos al otro lateral del palacio de los condes. Desde una valla que nos impedía el paso, fotografiamos el porche de la entrada principal de la casa.




Otra vez volvimos sobre nuestros pasos y disfrutamos observando las fachadas del casinete, de la tienda, de las almazaras y de los almacenes, y muy por el exterior, ya que no quisimos molestar con nuestra curiosidad a los vecinos que aún viven en las preciosas casitas de la misma, la plaza de la fábrica de hari


nas.

Continuará…


domingo, 26 de julio de 2020

La Colonia de Santa Eulalia, parte I. Teatro Cervantes.


La Colonia de Santa Eulalia (Entre Villena y Sax, provincia Alicante).
Parte I. Llegada y Teatro Cervantes.
24 de julio de 2020.

Cuenta la leyenda que entre tierras de Sax y Villena se levantó una colonia agrícola como las que proliferaron en Cataluña en el siglo XIX a la manera de lo que se vino en llamar el socialismo utópico. Se sabe que fueron un conde y su esposa, una vizcondesa, los que en base a una ley del siglo XIX levantaron todo el complejo. La misma leyenda habla de despilfarro, de lujos modernistas, de peleas familiares e incluso de dramáticas muertes.

La antigua leyenda, que se confunde con la historia, dice que mucho antes, bajo esa misma tierra se ubicaba un cementerio andalusí. Pasados los años, quizás los siglos, se conoció como los Prados de Santa Eulalia y se levantó una Ermita en honor a la santa, por su milagroso auxilio a las tropas cristianas.


El complejo industrial es impresionante aún hoy. Sólo quedan algunos edificios en plena ruina pero que rememoran lo que esta Colonia debió ser. El trasiego de sus gentes, la ilusión por prosperar, los chiquillos, las fiestas populares en las dos plazas en torno a las cuales se urbanizó este complejo y todo el proyecto industrial y humano que supuso hoy languidece tristemente entre paredes derruidas y sueños abandonados.

También quedan multitud de casitas, de las que antaño se erigieron para albergar a las familias de los trabajadores y que hoy están habitadas por los vecinos de esta pedanía dividida por la calle Salinas entre los términos municipales de Sax y Villena.  Es la primera vez que visitamos un paraje de estas características en cuyo alrededor la vida continúa con normalidad. La pedanía de Santa Eulalia es hoy núcleo de población habitado.

La colonia industrial, dedicada a la explotación de productos agrícolas tuvo almazaras, almacenes, un teatro, un palacio, un economato (la tienda de la Colonia), un casino llamado “El casinete”, una hospedería y una fábrica de harinas que se llamó “El Carmen”. Se levanto también una fábrica de alcoholes, La Unión, que hasta 1936 fabricó el coñac “Santa Eulalia” cuya torre aún destaca entre todo el complejo en ruinas. Una línea férrea comunicaba la Colonia con Madrid y Alicante cuya estación desapareció completamente bajo la dictadura de la demolición.



Y con el tiempo, debido al abandono de los campos y de las fábricas, todo se abandonó. Cayó en el olvido y en ruinas. El expolio, la falta de manteniendo, la negligencia, las inclemencias climáticas se llevaron por delante el sueño y la utopía.
Pero hoy, entre Sax y Villena quedan las ruinas, los esqueletos del complejo para dejar constancia de lo que una fue vez pretendió ser.

Y esta es nuestra nueva aventura. Por fin, conocimos una leyenda que llevábamos largo tiempo 
deseando disfrutar. Hace mucho tiempo que oímos hablar de ella y siempre hemos deseado desplazarnos hasta su ubicación.
Y lo hemos hecho.

Como aún teníamos preparado el equipo de aventura s desde nuestra visita a El Tranco del Lobo, y dado que esta vez íbamos a Villena, que está muy cerquita de casa, la salida no fue tan traumática como otras ocasiones. En una hora y muy poquito desde que despertaron Papá y Mamá ya estábamos en el coche con todo lo que pudiéramos necesitar y en marcha. Ni siquiera preparamos bocatas en esta ocasión, dado lo cerca que estaba Villena de nuestro destino. Eso sí, echamos unas bolsas de aperitivos y frutos secos, por si se nos despertaba el apetito en algún momento. Y por supuesto, nuestras inseparables botellitas de agua.

La nena ya ni pregunta cuando la despertamos más temprano de lo normal. “Venga cariño, que nos vamos de aventura”. “¿Dónde vamos hoyyy?, pregunta con voz de sueño y ojos cerrados aún”.
“Pues nos vamos  a Villena, a la Colonia de Santa Eulalia, a fotografiarla”. La nena se levanta como si un resorte se hubiera activado en su cuerpecito. No va corriendo, qué va, pero no pone en marcha con decisión.
En poco más de una hora, hemos llegado ya a Villena. Pasada la ciudad que una vez fue el centro del Marquesado sobre el que se jugó la historia de España llegamos al desvío marcado por una impresionante villa valenciana de tres pisos junto a la autovía. A través de los años hemos visto como ha pasado de ser una ruina a punto de derrumbarse a ver cómo ha sido rehabilitada, luciendo un aspecto actual tan magnífico como el que hace mucho tiempo debió deslumbrar a todo el que la contemplara a finales del siglo XIX.

Nos desviamos de la autovía y, casi inmediatamente, entramos en una carretera de dos sentidos pero sin carriles delimitados.

La nena estaba mirando el móvil y al mismo tiempo contaba chistes. Se le notaba que estaba contenta por vivir otra aventura de investigación.

Entre vegetación y fincas llegamos casi en seguida, apenas diez minutos a nuestro destino. La señalización “Santa Eulalia” y la grandiosidad de la torre de estilo neomudéjar, la bonita ermita entre jardines al lado izquierdo y el cartel del restaurante “Santa Eulalia” hoy aparentemente cerrado a esa actividad nos indicaban que, sin perdernos (qué me cuentas, qué marcha llevamos) ya habíamos llegado.
Aparcamos. Las avispas acudieron en seguida a jugar con nuestro parabrisas. Hacía calor, pero no era en absoluto agobiante. Al contrario, la temperatura era muy agradable y adecuada para una aventura fotográfica como las que últimamente estamos viviendo.

Delante de nosotros se levantaba lo que queda del Teatro Cervantes.
“Qué chuuulo” dice la nena. “Espera que le hago una foto”.

 Puerta oeste de acceso


La belleza de lo decadente nos impregna una vez más. Comienza la aventura.
Papá mete en la mochila las botellas de agua que llevábamos en la nevera isotérmica, aún fresquitas. Mientras, la nena y Mamá se acercan al Teatro.

Un par de puertas cerradas nos impedían acceder a su interior. Miramos por un hueco de la puerta con la pequeña marquesina sobre la que unas negras letras mayúsculas indicaban el nombre de esta construcción ruinosa y abandonada.



Como Howard Carter miró hacia el interior de la tumba más famosa del Valle de los Reyes, vimos maravillas. Quién nos iba a decir que lo poco que quedaba de lo que un día fue nos haría emocionarnos hasta el punto de transportarnos a otras épocas. Si cerrábamos los ojos casi podíamos oír a los actores recitando obras de Quevedo, de Shakespeare, de Ruperto Chapí, de Jacinto Benavente, de Valle-Inclán o de Víctor Hugo. Quizás los aplausos de los espectadores. Quizás los vítores.

Del teatro queda hoy el cuerpo principal, el de la platea y  los accesos, decorado de frescos con la imagen de Cervantes presidiendo la gran nave y de otros grandes literatos como Ruperto Chapí y Jacinto Benavente. Algunos frescos, muy deteriorados en las partes más altas reproducían paisajes de la misma Colonia. Y las divisiones del primer y segundo piso donde se sentarían los más afortunados. Se adivina un patio de butacas y poco más. 
 "Veo maravillas".


El teatro sobre una planta cuadrada, al estilo italiano. Tiene dos puertas de acceso. 
La principal orientada al este aún conserva los restos de la inscripción TEATRO que debieron estar encastradas en la misma pared. Sobre ella se abre la única ventana que hay en todo el teatro. 
Puerta principal de acceso.
Fijaros en los moldes de las letras en el pared.

La secundaria, en el mismo muro donde está la taquilla. Sobre ella hay una marquesina y las palabras pintadas en negro TEATRO CERVANTES.

Junto a la puerta principal y media altura, en la parte izquierda se abre una ventana en forma de abanico, con una reja de radios, que supusimos sería la taquilla del teatro. Siguiendo el trazado de la calle sin asfaltar, a la izquierda, otra puerta cerraba nuestro paso al teatro. 
 Taquilla del Teatro.


Todo la parte posterior, está totalmente derruido. Nada queda del escenario ni de la zona de tramoyas o de los camerinos De hecho, una pared de bloques de hormigón se levanta en el arco de la escena para impedir el paso a su interior. Junto a él, una escalerilla de peldaños de hierro encastrados en la pared que daría acceso a la parte superior permitió a Papá acercarse lo suficiente al hueco que quedaba para hacer unas fotos a ciegas del interior del teatro.


 Hacia la trasera del edificio del teatro.

 Desde aquí pudo hacer Papá las fotos del interior.

 Desde esta perspectiva se ve la puerta principal y la ventana sobre ella.

 Sobre la ventana se puede ver la imagen de Cervantes.

Detalle donde se aprecia la imagen de Cervantes y la cubierta del Teatro.



Una anciana vecina pasó junto a nosotros. Papá la saludó y la mujer nos respondió con cierta amabilidad. Lucía no pudo aguantarse y soltó lo más inoportuno que se le pudo pasar por la cabeza. “¿Cuándo nos colamos?” resonó con su voz aguda de niña como si por un megáfono lo hubiera gritado. Papá y Mamá, rápidamente, le contestaron “¿Qué dices?, no vamos a colarnos". “Ya”, pensaría la vecina mientras se dirigía a su casa, en la calle que giraba detrás del teatro. "Sólo venimos a hacer fotos por el exterior", le explicaron los papás a la nena.

Seguimos por la calle para llegar, casi sin darnos cuenta, al lateral del complejo principal de la Colonia. Había llegado al punto donde el edificio de Administración se unía con el palacio de la condesa.  Nos encontrábamos en uno de sus laterales, y ya nos habíamos quedado sin respiración por la belleza del lugar. Los motivos tallados de las ventanas, de los frisos, de las puertas eran maravillosos. Alternaban referencias a la agricultura, con unos tallos de cereal y una hoz, con motivos referentes a la industria. Nuestra imaginación se comenzó disparar.


(Continuará...)