miércoles, 22 de julio de 2020

VISITA AL TRANCO DEL LOBO.

Este verano, debido a la pandemia de Covid-19, nos hemos tenido que reinventar. Nada de viajes largos, nada de recreaciones, nada de esgrima, nada de playa.... ¡Jooooo!

Así que hemos diseñado un programa de aventuras, de media jornada o una como mucho, pero siempre volveremos a dormir a casa. Tiene que ser algo chulo, y que a la niña, a Lucía, le guste y disfrute de sus vacaciones a tope.

Lucia tiene ahora ocho años. Es una niña encantadora, muy inquieta y aventurera. Así que vamos a ello.

La segunda aventura de este verano fue la visita a El Tranco del Lobo, un paraje agreste en torno al Júcar a su paso por el término de Villa de Ves. Ya os contaremos la primera de todas en otra ocasión.


Esta es una de nuestras aventuras de este verano. Nos encanta viajar a viejas casas abandonadas, explorarlas, sentirlas, fotografiarlas…
Pero siempre las dejamos como están. Nada de traer recuerdos (un cacho de piedra, un papel abandonado en el suelo, un azulejo… yo que sé). Nada de ensuciarlas con nuestros deshechos. Para eso están las mochilas. Nada pintar cositas como “Tontito estuvo aquí”. Faltaba más.
Pero esta aventura, además, merece ser contada. Porque fue la primera tras el confinamiento que nos permitimos. Y porque moló un montón.
Vamos a ello.

Nos levantamos temprano para ser un domingo. Primero Mamá y Papá, que desayunaron tranquilamente, y prepararon todo lo que nos podría hacer falta en esta pequeña escapada. Unos sándwiches, agua (mucha agua), ropa para cambiarnos por si hiciera falta, y el material de aventura: una brújula, unos prismáticos y un montón de cosas que no utilizamos, ni falta que nos hicieron.
Luego se despertó la nena, con mucho sueño (los domingos no debería madrugarse por mucho que se diga). Desayunó y dejó que su mamá la vistiera deprisa.

¡Aaaaaaaaah! ¿Qué hacen levantándome taaaaan temprano mis papis locos? Ahora mismo estoy más zombie que niña. ¡Ni que trabajara! Y para colmo, domingo. (No sabía que íbamos a el tranco del lobo)
Si en este momento me hubieran envenado, me hubiera muerto antes de cansancio.      

En menos de una hora ya estaban en camino. Papá quería haber salido a las nueve. Pero todos sabemos que en esta familia los horarios no se cumplen nunca. Así que nos fuimos casi a las diez. Al principio fue un poco aburrido. Mucha carretera (casi una hora de viaje) entre autovía desde Pozo Cañada hasta Albacete y carretera nacional desde allí en dirección a Casas de Ves.
El viaje fue lo más aburrido del mundo. Yo leía 2 o 3 páginas y abrazaba a Perri (Un peluche que me encanta, de perrito)
Creo que me dormí, no me acuerdo.
Al llegar a Casas de Ves (y casi equivocarnos en el camino por el que teníamos que desviarnos como es costumbre en esta familia), se acabó la carretera. Del todo. La ruta que teníamos que tomar era una senda algo asfaltada, muy estrecha y que pronto empezó a dejar ser recta para empezar a serpentear camino del río Júcar.

Y de pronto, comenzó a bajar. Pero bajar, bajar.
Para abajo.
Entre paredes de piedra, ejércitos de pinos y precipicios que mareaban de sólo mirarlos de los que sólo que un ridículo quitamiedos de madera.
Ay, ay, ay, nos matamos, de aquí no pasamos –pensó la Nena- No no, no pasamos, nos caemos a La Nada (Que caemos por siempre), no pasamos de aquí, y cuatro palitos nos separan de La Nada.

Nos impresionó no sólo por el miedito que daba pensar caer por ellos, sino también por la belleza agreste e inesperada, que había pasado del marrón tierra polvorienta al verde seductor.
Al final, sobre las once de la mañana, llegamos a una zona de descanso donde aparcamos el coche. De momento, sólo había otro grupo formado por dos hombres, una mujer y un perro.
Se trataba de una explanada a la altura del río, donde dos puentes los cruzaban, separados entre ellos por menos de cien metros. Uno, el primero y más alto, era para peatones, una pasarela de madera colgante que al mirarla desde abajo, con la boca abierta, hizo que en nuestra cabezas resonara eso de “puente mucho seguro, doctor Jones”. Bajo ella, el río verde y azul dejaba correr sus aguas en un tramo de más de veinte metros de ancho. Había árboles caídos en ambos márgenes, y uno de ellos lo cruzaba completamente. El otro puente, de piedra era más bajo, y recordaba a épocas pasadas, como si el tiempo se hubiera detenido en sus piedras. Mientras mamá se entretenía mirando las aguas, Papá preguntó a uno de los chicos del otro grupo si el camino que teníamos que seguir estaba cerca y si era cómodo. El chico nos dijo que sí, que no habría problema.

Nos entretuvimos mirando una mariposa negra o marrón muy oscuro con pintintas


amarillas en sus alas. Revoloteaba en torno a nosotros, confiada y alegre. Pronto se sumó a ella otra igual. Y dos libélulas que se hicieron nuestras amigas por un ratito.

Lo del El Tranco del Lobo parece ser que viene de cuando había lobos por esta zona y aprovechaban una estrechez del cauce para cruzar el río por aquí.

Papi nos animó a empezar nuestro camino. Mamá cogió una mochila blanca y Papá una mochila negra. Y la nena, el móvil de Mamá para ir haciendo fotos.

Cruzamos el puente de piedra, girando por la curva que subía por la otra ladera del río. Nuestras amigas las mariposas volaron a nuestro lado hasta donde el puente de madera cruzaba el río a este lado.



Ahora encontramos un grupo de mariposas blancas, precioso, que se confundían con hojas de las plantas donde se posaban. Aceptaron a Lucía y su curiosidad sin más, revoloteando alrededor suyo con naturalidad y alegría.



Seguimos subiendo hasta un punto en que el sendero se bifurcaba en dos. Una cómoda pista forestal y un camino de cabras que tomamos sin dudar hasta otro puente de piedra que pasaba por encima de un caudal artificial de agua. Un poco más allá se veía  como el agua pasaba por debajo de un arco de la montaña, perdiéndose por detrás.



Al cruzarlo, el sendero subía por la montaña, agreste y retorcido. Papá cayó en la cuenta de que se le había olvidado (como siempre) el móvil en el coche. Así que se volvió a por él, dejándonos en la sombra. Aprovechó para explorar brevemente la pista plana y recta y decidió que sería mejor continuar por allí. Así que volvió a buscarlos para decírnoslo.

¡Qué calor! Lucía resoplaba  y resoplaba. La pista era cómoda para andar, pero a pesar de caminar entre el río y el cauce artificial de la central eléctrica (sí había una central eléctrica y es importante conocer la historia para comprender lo que íbamos a ver) hacía mucho, pero muuuucho calor.


Menos mal que las primeras edificaciones abandonadas aparecieron pronto ante nuestros ojos. Papá nos dijo que la primera, muy, pero muy en ruinas, era la capilla del antiguo poblado abandonado que íbamos a visitar. Al lado, un gran edificio rectangular en mucho mejor estado se levantaba desafiando el tiempo y el abandono. Nos fotografiamos allí, pero nos quedamos un poco chafados por no poder pasar a explorarlos. Una valla plateada, de unos tres metros de altura nos impedía el paso.

Seguimos caminando por la pista hacia un puente que se adivinaba un poco más delante. Efectivamente llegamos a un punto en que el camino volvía a dividirse. Hacia la derecha y subiendo una cuesticilla, el puente nos ofrecía la forma de cruzar el río artificial. Hacia adelante, el camino seguía hasta lo que creíamos que sería la central eléctrica abandonada.
Desde lo lejos, se veía que la central tenía dos cuerpos. Y que no era la central abandonada. 

Ña, ña, ña…. Eeeerror. 

Se trataba de una construcción  nueva, pero nueva, nueva, todavía en funcionamiento. No lo pudimos averiguar. Otra vez, la valla (“Vaya con la valla”, brrrrr) nos impedía pasar. Pues empezamos bien.

Así que nos dirigimos hacia el puente (Qué remedio, obligados por la valla), volviendo sobre nuestros pasos hasta llegar al otro puente (llevamos cuatro puentes en menos de veinte minutos, cuatro).

Al cruzar el puente empezamos a subir otra cuesta (otra cuestecita, otra). Mamá resoplaba, la nena se quejaba y Papá sudaba. Sacamos los prismáticos y miramos de rato en rato para distraernos del cansancio. Papá sacó también agua de las mochilas y descansamos un ratito mientras mirábamos desde arriba las ruinas junto a las que habíamos pasado hace un ratito (sí, las que no pudimos explorar por culpa de la valla, esas).



Y descubrimos un cordero. Blanco. Grande. Enorme. De unos tres metros por cuatro. Enfadado. Pintado en unas de las paredes de los edificios en ruinas. Menos mal ¿no?


En la foto el cordero no se ve muy bien. Cosas de usar el móvil. Pero estar, está.


Lo observamos con detalle con los prismáticos que la yaya Sacra nos había prestado durante un rato, lo que nos dio un poco de aliento para seguir con la subidita. Madre mía, qué mal nos ha sentado el confinamiento. Lo que somos y lo que hemos sido. Buffff.



Seguimos subiendo, con Papá tirando de nosotros y animándonos a seguir. Casi habíamos empezado a andar cuando a una vuelta del camino la primera casa del poblado, se alzó ante nosotros. Era una casa amarilla, con tejados a dos aguas. Lo que se nos mostraba era uno de los laterales, con un bonito tejado a dos aguas y a dos cuervos subiendo por una escalera hasta la ventana de ojo de buey que remataba el frontón. Un ser humano norme, calvo, de unos cuatro metros de alto, agarraba otro cuervo con su mano derecha mientras observaba a los otros dos pájaros con cierto desdén.



Otra pintada. No vayáis a pensar que nos habíamos comido las hierbas alucinógenas de la orilla del río, ni nada de eso. Mejor explicar un poco la historia de este pobladillo abandonado.


La central hidroeléctrica a la que no pudimos acceder (dichosa valla) fue la segunda de erigirse en España. Dada su ubicación alejada de otros centros de población, en una zona de muy difícil acceso, se construyó un poblado para los trabajadores que iban a participar en la construcción de la misma, que por lo que hemos leído fue un verdadero ejército. Lo que ahora estábamos a punto de descubrir es toda la memoria que queda de aquellas familias trabajadoras. La central estuvo activa desde 1907 hasta 1952 viviendo sus trabajadores en el poblado que tubo economato, capilla, escuela e incluso consultorio médico. Hemos leído que allí llegaron a alojarse hasta más de mil quinientos vecinos.
Cuando se abandonó, la naturaleza reclamó su espacio, y las edificaciones, sin cuidados ni mantenimiento, fueron quedando en el olvido y en la ruina.

Algunos artistas urbanos llenaron las paredes de las casas de sus grafitis, que sorprenden por su calidad y su especial sensibilidad. Unen la obra humana con la naturaleza de una manera que no es fácil de conseguir.




A través de la ventana vimos una habitación pequeña, cuadrada. En una de las esquinas unos barrotes clavados en la pared, haciendo pequeños triángulos, subían en escalera hasta el piso de arriba.


El siguiente vano en la pared era la puerta de acceso a la vivienda diminuta. A la derecha quedaba la anterior habitación, la de la escalera con barrotes en la esquina. A la derecha otra pequeña habitación con una chimenea sencilla pero soberbiamente encantadora en su humildad. El techo estaba totalmente derruido y un árbol atravesaba de abajo hacia arriba toda la estancia. Detrás, tras el vano de la puerta se adivinaba un aseo, ya que la cisterna de un sanitario se veía en el suelo. 







Exactamente por el lado opuesto a la entrada, la vegetación invadía el sendero, que se precipitaba, en unos tres metros como mucho hacia la ladera del río. Caminando con cuidado, pasamos junto a otra casita adosada a la que acabábamos de visitar, y otra más de igual factura y estado. Estas son las fotos que hizo Mamá.




En lo que era el centro del edificio, se alzaba una casa de tres pisos, de paredes grises. Lo primero que encontró Papá fue una puerta tras la que una escalera con azulejos en los escalones subía al piso superior. Una ventana le seguía y bajo ella, un buzón, un espacio para depositar sobre en la misma pared. Otra puerta que se adentraba en el piso bajo y una ventana más completaban la fachada gris. En el segundo piso, un voladizo que una vez fue un pequeño balcón dejaba ver otra puerta con dos ventanas más, una a cada lado. Y un tercer piso encima, que el sol cegador no dejaba ver.

Desde abajo, justo donde la escalera giraba a la derecha, una ouija gigantesca dibujada en la pared. La puerta principal mostraba un pasillo que se adentraba en la vivienda. Hay que decir que toda la casa está llena de referencias ocultistas, dibujos de cruces invertidas y todo eso. Junto a lo abandonado del lugar, el silencio y los demás grafitis le da un aire extraño y embriagador que si le dejas, te invade y te permite disfrutar de una experiencia aventurera genial.

Papá llamó a la nena que vino toda contenta y tras ver la puerta de una escalera se coló por ella. Papá tuvo que pedirle que no subiera, pues no parecía seguro. Entre tanto, Mamá había pasado a la segunda vivienda del bloque, atraída por su natural curiosidad.

Cuando vino Mamá, ella y Papa se alternaron para pasar hacer las fotos, para no pasar con la nena.






Evidentemente, esta casa era la de los trabajadores de mayor prestigio y capacitación. El suelo estaba cubierto de baldosas. Nada más entrar, a mano izquierda, un pasillo muy corto conectaba el corredor principal del piso bajo con la escalera. Podía verse, entre la ventana y la puerta el interior del buzón, con su forma de pendiente por el que debían resbalar las cartas.

A mano derecha, una habitación cuadrada, con un grafitti primorosamente elaborado de un suicida cortándose la vena izquierda con un cuchillo de cocina. De la herida volaban palomas blancas y negras buscando la libertad.

Frente a ésta, había otra habitación muy pequeñita, que daba al pasillo del buzón a través de una ventana y justo en la pared opuesta, a otra habitación en el interior de la casa.
Siguiendo por el pasillo, llegamos a lo que debió ser el comedor y la cocina. Un extraña pintura mural en el comedor, muy desgastada mostraba a un grupo de diez personas arrodilladas en círculo en torno a un hueco en el suelo del que emergía un árbol. Sin embargo en la otra pared, la imagen de la muerte encapuchada y con su hoz nos miraba tranquila. Qué buen rollo,¿verdad?
Lo cierto es que no asustaba. Simplemente estaba ahí, como una obra de arte en un museo más (¿Pero tú has ido a un museo en tu vida, chaval? Me preguntarás lleno de dudas. Normal.)
Por las ventanas se veía la calle principal y frente a nosotros otras tres casitas de las que ya solo quedaban los muros. Los árboles crecían dentro de ellas, entre los escombros de los tejados. Conforme mirabas a mano izquierda, dejando a nuestra espalda el mural de la muerte las ruinas de la cocina nos saludaban. Los azulejos blancos y una pileta destrozada dejaban memoria de cuál fue su función.

Con sumo cuidado y suma curiosidad, ascendimos por las escaleras, llegando al piso superior. A mano derecha quedaba el mirador que antes fue un balconcito, que se veía desde la calle.
Había habitaciones a ambos lados del pasillo. Una pequeñita a mano derecha del balcón. Otra mayor a mano izquierda. Otra a su lado, más o menos igual de grande. Frente a ella un pequeño pasillo con un baño completamente arruinado y una escalera que subía al tercer piso.
Por supuesto, a pesar de los escombros que cubrían los escalones, subimos. Pues faltaría más.

Los escalones llevaban a otra escalera encalada como las paredes de la cámara abuhardillada a la que conducían. Tres o cuatro (o cinco o seis) enormes murciélagos volaban por toda la estancia. Incluso nos llegaron a rozar en algún momento. Tras ajustarse la gorra a la cabeza (ahí esa seguridad especializada, sí señor) Papá se decidió a explorar también esta estancia. Estaba claro que había sido un lugar de almacenamiento, por los huecos para las alacenas y los restos de cerámica que se veían por el suelo. La estancia estaba partida por la mitad gracias la pared que quedaba a nuestra izquierda y continuaba en el otro lado. Girando a la izquierda, rodeando la pared la cámara continuaba y al fondo a la izquierda, otra habitación se abría ante nosotros. Era el reino de los murciélagos gigantes que revoloteaban con nerviosismo por nuestra presencia. Un par de fotos rápidas y a continuar nuestra visita por el poblado abandonado del Tranco del Lobo. Eso sí, como Papá se dio un cabezazo (menos mal que llevábamos la gorra que nos salva de todos los males) contra el techo bajo la escalera. Ea.

Dimos la vuelta al edificio, bordeándolo. La prudencia de los exploradores y el avanzado estado de deterioro de las tres siguientes casitas adosadas, que era mayor aún que el de las tres primeras, aconsejaban observarlas desde fuera, sin pretender pasar a su interior. Papa les hizo una foto a Mamá y a la nena junto a una puerta en que rezaba pintada, la palabra “Respeto”.


A través de los huecos de las ventanas se veían otros dibujos en las paredes, mirándonos con cansancio y cierto desdén. Evitando los cardos y la maleza, más alta y cerrada que la creía en  el extremo opuesto, llegamos al borde del camino, donde abruptamente comenzaba una pendiente que llevaba a otras pequeñas casitas abandonadas, sin puertas, ventanas ni techo.




Giramos hacia la carretera a cuyos dos lados se levantan las casas que habíamos visitado. Por las ventanas observamos su interior, con sus chimeneas y sus suelos llenos de escombros.


En el otro lado del camino una excavación en el terraplén cortado, a través del que surgían las raíces de los pinos ofrecía una construcción diferente. Superando una acumulación de tierra de un metro de alto (“Cuidado, cariño, no te vayas a caer. Cuidado, pisa con seguridad, mira dónde pones los pies”…qué os voy a contar, se abría lo que en su día debió de ser un almacén o un refugio de animales. Un árbol crecía justo en el centro, elevando sus ramas sobre él y creando la ilusión de un techo. A ambos lados de las paredes, se observaban, a unos tres o cuatro metros de altura, unos huecos no naturales, paralelos entre sí, por lo que dedujo Mamá que unos palos gruesos, a modo de viguetas sustentarían un tejado de chamizo. 

Y a continuación, tras un vano ancho y alto una habitación con paredes y suelo encalados, con un banco escavado en la pared a cada lado, idénticos, y una estructura de ladrillo arruinada que bajo una cubierta abovedada. No tenemos ni idea de la función de esta habitación, pero era evidente que allí se refugiaba momentáneamente gente, por los restos de bolsas de aperitivos y botes que vimos en el suelo. Eso sí, recogidos, no abandonados.
Salimos otra vez al exterior y nos dirigimos a las casitas que se veían desde el  interior de la casa gris, y que estaban justo enfrente, bajo el terraplén. De todo el conjunto, sólo el lavadero y la chimenea que aún se adivinaban dejaban sospechar que allí hubiera se hubiera habitado en alguna ocasión. La vegetación invadía por completo los espacios, reclamando como siempre su sitio y su señorío sobre el lugar.





Nos hicimos un cutre-selfie junto a la entrada de este lado de la casa gris. No entiendo cómo la gente sale tan bien en los selfies. Yo siempre salgo con parte de la cabeza cortada, los ojos cerrados y la boca torcida. Todo al mismo tiempo.
Caminamos de nuevo en dirección a la cueva-refugio, y a la vuelta de la misma, una vez pasada, saludamos a unos moteros que bajaron por el camino desde Alcalá del Júcar. Ahora vimos, junto al terraplén, un pequeño corral guardado por una gran piedra, enorme casi tan alta como Mamá que, con letras negras rezaba “Roca, sí y a mucha honra”.

Mientras Papá buscaba al otro lado de la carretera un lugar para llegar al río que no fuera el mismo por el que habíamos llegado pasaron unas motos. Unas iban hacia arriba y, segundos después, bajaban otras dos. Papá que vio las que subían y no las que bajaban estuvo a punto de acabar bajo las ruedas de una de ellas,. 
Menos mal que un grito de mamá que le chilló : "quieto, quieto, quieto"…hizo su efecto y le dejo plantado en el sitio…menudo susto si se mueve…

Un poquito más allá, subiendo por el camino hacia arriba encontramos una cueva, con una cortina haciendo las veces de puerta. Un pequeño oscuro  resquicio entre la cortina y el arco natural de la entrada nos recordaba el frescor de la sombra más aún dado el calor que nos atenazaba esa mañana.
Un poco más abajo a la izquierda de la puerta de la cueva se podía ver una humilde cruz hecha con dos palos de madera atados con una cuerda y junto a ella una candela, las típicas que  usan las abuelitas para poner en el cementerio, las que llenan todos los comercios para todos los santos en noviembre. No le faltaba su protección de plástico rojo chamuscado, que les da un aire de objeto barato. Por supuesto estaba apagada.
No pude evitar acercarme, atraída por el contraste del blanco visillo, que a pesar de su suciedad parecía resplandecer sobre el negro interior de la cueva.




Desde luego hay que reconocer el genio del artista que puso en escena toda esta parafernalia para crear este ambiente que tanto nos gustó y nos impactó.


Estábamos preguntándonos qué camino tomar cuando otra familia que subía por el sendero tortuoso a través de los árboles nos mostró qué hacer. 



Esperamos que subieran y bajamos por él. Primero nos detuvimos juntos a las casitas que habíamos visto desde lo alto, y luego, entre pinos, raíces y ramas, apoyando bien nuestros pies para no resbalar, dándonos la mano en los tramos más empinados,

llegamos al puente de piedra que cruzaba el canal artificial de agua. Desde allí, bajamos a saludar a las mariposas blancas, que seguían revoleteando en las flores junto a la valla que prohibía el paso.

Luego cruzamos la pasarela colgante sobre el Júcar, que se balanceaba a nuestro paso, crujiendo bajo nuestros pies.

Llegamos por fin al coche y nos dispusimos a almorzar en un bonito apartado bajo la pasarela, junto al río, en un gracioso banco de madera. Al terminar el tentempié, la nena quiso mojarse los pies en el río. Y como no, terminó desnudita en el agua salpicando entre risas y grititos, con los pececitos nadando a su alrededor.




Nos fuimos cuando empezaron a llegar bañistas dispuestos a disfrutar de las aguas del río. Casi a la hora de comer. Como siempre, la subida fue menos difícil de realizar que la bajadita, aunque el camino que seguimos fue el mismo. Nuestra furgonecita, de pocos caballos de potencia y blanco barato se portó como una campeona, subiendo la mayor parte en segunda y sin quejarse. ¡Olé ahí!

Como vimos que se nos hacía la hora de comer en carretera y sabemos que no es seguro eso de comer fuera de momento, Papá tuvo la gran idea de encargar comida al restaurante chino. Mamá llamó y encargó tres menús para recoger, y así lo hicimos; así al llegar a casa podríamos comer enseguida.

Al final, llegamos a comer a casa, donde descansamos toda la tarde y recordamos los mejores momentos gracias a las fotos que hizo Mamá (Papá siempre las desenfoca).
Nos falta la segunda parte de esta aventura. La visita a la abandonada central eléctrica de el Embalse de El Molinar, en Villa de Ves, que dio lugar a este poblado del El Tranco de El Lobo.

Próximamente, lo visitaremos. Anda que no.

4 comentarios: