Este verano, debido a la pandemia de Covid-19, nos hemos tenido que reinventar. Nada de viajes largos, nada de recreaciones, nada de esgrima, nada de playa.... ¡Jooooo!
Así que hemos diseñado un programa de aventuras, de media jornada o una como mucho, pero siempre volveremos a dormir a casa. Tiene que ser algo chulo, y que a la niña, a Lucía, le guste y disfrute de sus vacaciones a tope.
Lucia tiene ahora ocho años. Es una niña encantadora, muy inquieta y aventurera. Así que vamos a ello.
La segunda aventura de este verano fue la visita a El Tranco del Lobo, un paraje agreste en torno al Júcar a su paso por el término de Villa de Ves. Ya os contaremos la primera de todas en otra ocasión.
Esta es una
de nuestras aventuras de este verano. Nos encanta viajar a viejas casas
abandonadas, explorarlas, sentirlas, fotografiarlas…
Pero siempre
las dejamos como están. Nada de traer recuerdos (un cacho de piedra, un papel
abandonado en el suelo, un azulejo… yo que sé). Nada de ensuciarlas con
nuestros deshechos. Para eso están las mochilas. Nada pintar cositas como “Tontito
estuvo aquí”. Faltaba más.
Pero esta
aventura, además, merece ser contada. Porque fue la primera tras el confinamiento
que nos permitimos. Y porque moló un montón.
Vamos a
ello.
Nos
levantamos temprano para ser un domingo. Primero Mamá y Papá, que desayunaron
tranquilamente, y prepararon todo lo que nos podría hacer falta en esta pequeña
escapada. Unos sándwiches, agua (mucha agua), ropa para cambiarnos por si
hiciera falta, y el material de aventura: una brújula, unos prismáticos y un
montón de cosas que no utilizamos, ni falta que nos hicieron.
Luego se
despertó la nena, con mucho sueño (los domingos no debería madrugarse por mucho
que se diga). Desayunó y dejó que su mamá la vistiera deprisa.
¡Aaaaaaaaah!
¿Qué hacen levantándome taaaaan temprano mis papis locos? Ahora mismo estoy más
zombie que niña. ¡Ni que trabajara! Y para colmo, domingo. (No sabía que íbamos
a el tranco del lobo)
Si en este
momento me hubieran envenado, me hubiera muerto antes de cansancio.
En menos de
una hora ya estaban en camino. Papá quería haber salido a las nueve. Pero todos
sabemos que en esta familia los horarios no se cumplen nunca. Así que nos
fuimos casi a las diez. Al principio fue un poco aburrido. Mucha carretera
(casi una hora de viaje) entre autovía desde Pozo Cañada hasta Albacete y
carretera nacional desde allí en dirección a Casas de Ves.
El viaje
fue lo más aburrido del mundo. Yo leía 2 o 3 páginas y abrazaba a Perri (Un
peluche que me encanta, de perrito)
Creo que
me dormí, no me acuerdo.
Al llegar a
Casas de Ves (y casi equivocarnos en el camino por el que teníamos que
desviarnos como es costumbre en esta familia), se acabó la carretera. Del todo.
La ruta que teníamos que tomar era una senda algo asfaltada, muy estrecha y que
pronto empezó a dejar ser recta para empezar a serpentear camino del río Júcar.
Y de pronto,
comenzó a bajar. Pero bajar, bajar.
Para abajo.
Entre
paredes de piedra, ejércitos de pinos y precipicios que mareaban de sólo
mirarlos de los que sólo que un ridículo quitamiedos de madera.
Ay, ay, ay,
nos matamos, de aquí no pasamos –pensó la Nena- No no, no pasamos, nos caemos a
La Nada (Que caemos por siempre), no pasamos de aquí, y cuatro palitos nos
separan de La Nada.
Nos impresionó no sólo por el miedito que daba pensar
caer por ellos, sino también por la belleza agreste e inesperada, que había
pasado del marrón tierra polvorienta al verde seductor.
Al final,
sobre las once de la mañana, llegamos a una zona de descanso donde aparcamos el
coche. De momento, sólo había otro grupo formado por dos hombres, una mujer y
un perro.
Se trataba
de una explanada a la altura del río, donde dos puentes los cruzaban, separados
entre ellos por menos de cien metros. Uno, el primero y más alto, era para
peatones, una pasarela de madera colgante que al mirarla desde abajo, con la
boca abierta, hizo que en nuestra cabezas resonara eso de “puente mucho seguro,
doctor Jones”. Bajo ella, el río verde y azul dejaba correr sus aguas en un
tramo de más de veinte metros de ancho. Había árboles caídos en ambos márgenes,
y uno de ellos lo cruzaba completamente. El otro puente, de piedra era más
bajo, y recordaba a épocas pasadas, como si el tiempo se hubiera detenido en
sus piedras. Mientras mamá se entretenía mirando las aguas, Papá preguntó a uno
de los chicos del otro grupo si el camino que teníamos que seguir estaba cerca
y si era cómodo. El chico nos dijo que sí, que no habría problema.
Nos
entretuvimos mirando una mariposa negra o marrón muy oscuro con pintintas
amarillas en sus alas. Revoloteaba en torno a nosotros, confiada y alegre. Pronto se sumó a ella otra igual. Y dos libélulas que se hicieron nuestras amigas por un ratito.
Lo del El
Tranco del Lobo parece ser que viene de cuando había lobos por esta zona y
aprovechaban una estrechez del cauce para cruzar el río por aquí.
Papi nos animó a empezar nuestro camino. Mamá cogió una mochila blanca y Papá una mochila negra. Y la nena, el móvil de Mamá para ir haciendo fotos.
Cruzamos el puente de piedra, girando por la curva que subía por la otra ladera del río. Nuestras amigas las mariposas volaron a nuestro lado hasta donde el puente de madera cruzaba el río a este lado.
Ahora
encontramos un grupo de mariposas blancas, precioso, que se confundían con
hojas de las plantas donde se posaban. Aceptaron a Lucía y su curiosidad sin
más, revoloteando alrededor suyo con naturalidad y alegría.
Seguimos
subiendo hasta un punto en que el sendero se bifurcaba en dos. Una cómoda pista
forestal y un camino de cabras que tomamos sin dudar hasta otro puente de
piedra que pasaba por encima de un caudal artificial de agua. Un poco más allá
se veía como el agua pasaba por debajo
de un arco de la montaña, perdiéndose por detrás.
Al cruzarlo,
el sendero subía por la montaña, agreste y retorcido. Papá cayó en la cuenta de
que se le había olvidado (como siempre) el móvil en el coche. Así que se volvió
a por él, dejándonos en la sombra. Aprovechó para explorar brevemente la pista
plana y recta y decidió que sería mejor continuar por allí. Así que volvió a
buscarlos para decírnoslo.
¡Qué calor!
Lucía resoplaba y resoplaba. La pista
era cómoda para andar, pero a pesar de caminar entre el río y el cauce
artificial de la central eléctrica (sí había una central eléctrica y es
importante conocer la historia para comprender lo que íbamos a ver) hacía
mucho, pero muuuucho calor.
Menos mal
que las primeras edificaciones abandonadas aparecieron pronto ante nuestros
ojos. Papá nos dijo que la primera, muy, pero muy en ruinas, era la capilla del
antiguo poblado abandonado que íbamos a visitar. Al lado, un gran edificio
rectangular en mucho mejor estado se levantaba desafiando el tiempo y el
abandono. Nos fotografiamos allí, pero nos quedamos un poco chafados por no
poder pasar a explorarlos. Una valla plateada, de unos tres metros de altura
nos impedía el paso.
Seguimos
caminando por la pista hacia un puente que se adivinaba un poco más delante.
Efectivamente llegamos a un punto en que el camino volvía a dividirse. Hacia la
derecha y subiendo una cuesticilla, el puente nos ofrecía la forma de cruzar el
río artificial. Hacia adelante, el camino seguía hasta lo que creíamos que
sería la central eléctrica abandonada.
Desde lo
lejos, se veía que la central tenía dos cuerpos. Y que no era la central
abandonada.
Ña, ña, ña…. Eeeerror.
Se trataba de una construcción nueva, pero nueva, nueva, todavía en funcionamiento.
No lo pudimos averiguar. Otra vez, la valla (“Vaya con la valla”, brrrrr) nos
impedía pasar. Pues empezamos bien.
Así que nos dirigimos hacia el puente (Qué remedio, obligados por la valla), volviendo sobre nuestros pasos hasta llegar al otro puente (llevamos cuatro puentes en menos de veinte minutos, cuatro).
Al cruzar el
puente empezamos a subir otra cuesta (otra cuestecita, otra). Mamá resoplaba,
la nena se quejaba y Papá sudaba. Sacamos los prismáticos y miramos de rato en
rato para distraernos del cansancio. Papá sacó también agua de las mochilas y
descansamos un ratito mientras mirábamos desde arriba las ruinas junto a las
que habíamos pasado hace un ratito (sí, las que no pudimos explorar por culpa
de la valla, esas).
Y
descubrimos un cordero. Blanco. Grande. Enorme. De unos tres metros por cuatro.
Enfadado. Pintado en unas de las paredes de los edificios en ruinas. Menos mal
¿no?
En la foto el cordero no se ve muy bien. Cosas de usar el móvil. Pero estar, está.
Lo
observamos con detalle con los prismáticos que la yaya Sacra nos había prestado
durante un rato, lo que nos dio un poco de aliento para seguir con la subidita.
Madre mía, qué mal nos ha sentado el confinamiento. Lo que somos y lo que hemos
sido. Buffff.
Seguimos
subiendo, con Papá tirando de nosotros y animándonos a seguir. Casi habíamos
empezado a andar cuando a una vuelta del camino la primera casa del poblado, se
alzó ante nosotros. Era una casa amarilla, con tejados a dos aguas. Lo que se
nos mostraba era uno de los laterales, con un bonito tejado a dos aguas y a dos
cuervos subiendo por una escalera hasta la ventana de ojo de buey que remataba
el frontón. Un ser humano norme, calvo, de unos cuatro metros de alto, agarraba
otro cuervo con su mano derecha mientras observaba a los otros dos pájaros con
cierto desdén.
Otra
pintada. No vayáis a pensar que nos habíamos comido las hierbas alucinógenas de
la orilla del río, ni nada de eso. Mejor explicar un poco la historia de este
pobladillo abandonado.
La central
hidroeléctrica a la que no pudimos acceder (dichosa valla) fue la segunda de
erigirse en España. Dada su ubicación alejada de otros centros de población, en
una zona de muy difícil acceso, se construyó un poblado para los trabajadores
que iban a participar en la construcción de la misma, que por lo que hemos
leído fue un verdadero ejército. Lo que ahora estábamos a punto de descubrir es
toda la memoria que queda de aquellas familias trabajadoras. La central estuvo
activa desde 1907 hasta 1952 viviendo sus trabajadores en el poblado que tubo
economato, capilla, escuela e incluso consultorio médico. Hemos leído que allí
llegaron a alojarse hasta más de mil quinientos vecinos.
Cuando se
abandonó, la naturaleza reclamó su espacio, y las edificaciones, sin cuidados
ni mantenimiento, fueron quedando en el olvido y en la ruina.
Algunos
artistas urbanos llenaron las paredes de las casas de sus grafitis, que
sorprenden por su calidad y su especial sensibilidad. Unen la obra humana con
la naturaleza de una manera que no es fácil de conseguir.
A través de
la ventana vimos una habitación pequeña, cuadrada. En una de las esquinas unos
barrotes clavados en la pared, haciendo pequeños triángulos, subían en escalera
hasta el piso de arriba.
El
siguiente vano en la pared era la puerta de acceso a la vivienda diminuta. A la
derecha quedaba la anterior habitación, la de la escalera con barrotes en la
esquina. A la derecha otra pequeña habitación con una chimenea sencilla pero
soberbiamente encantadora en su humildad. El techo estaba totalmente derruido y
un árbol atravesaba de abajo hacia arriba toda la estancia. Detrás, tras el
vano de la puerta se adivinaba un aseo, ya que la cisterna de un sanitario se
veía en el suelo.

Exactamente
por el lado opuesto a la entrada, la vegetación invadía el
sendero, que se precipitaba, en unos tres metros como mucho hacia la ladera del
río. Caminando con cuidado, pasamos junto a otra casita adosada a la que
acabábamos de visitar, y otra más de igual factura y estado. Estas son las fotos que hizo Mamá.
En lo que
era el centro del edificio, se alzaba una casa de tres pisos, de paredes
grises. Lo primero que encontró Papá fue una puerta tras la que una escalera
con azulejos en los escalones subía al piso superior. Una ventana le seguía y
bajo ella, un buzón, un espacio para depositar sobre en la misma pared. Otra
puerta que se adentraba en el piso bajo y una ventana más completaban la
fachada gris. En el segundo piso, un voladizo que una vez fue un pequeño balcón
dejaba ver otra puerta con dos ventanas más, una a cada lado. Y un tercer piso
encima, que el sol cegador no dejaba ver.
Desde abajo,
justo donde la escalera giraba a la derecha, una ouija gigantesca dibujada en
la pared. La puerta principal mostraba un pasillo que se adentraba en la
vivienda. Hay que decir que toda la casa está llena de referencias ocultistas,
dibujos de cruces invertidas y todo eso. Junto a lo abandonado del lugar, el
silencio y los demás grafitis le da un aire extraño y embriagador que si le
dejas, te invade y te permite disfrutar de una experiencia aventurera genial.
Papá llamó a
la nena que vino toda contenta y tras ver la puerta de una escalera se coló por
ella. Papá tuvo que pedirle que no subiera, pues no parecía seguro. Entre tanto, Mamá había pasado a la segunda vivienda del bloque, atraída por
su natural curiosidad.
Cuando vino Mamá, ella y Papa se alternaron para pasar hacer las fotos, para no pasar con la nena.
Evidentemente,
esta casa era la de los trabajadores de mayor prestigio y capacitación. El
suelo estaba cubierto de baldosas. Nada más entrar, a mano izquierda, un
pasillo muy corto conectaba el corredor principal del piso bajo con la
escalera. Podía verse, entre la ventana y la puerta el interior del buzón, con
su forma de pendiente por el que debían resbalar las cartas.
A mano
derecha, una habitación cuadrada, con un grafitti primorosamente elaborado de
un suicida cortándose la vena izquierda con un cuchillo de cocina. De la herida
volaban palomas blancas y negras buscando la libertad.
Frente a
ésta, había otra habitación muy pequeñita, que daba al pasillo del buzón a
través de una ventana y justo en la pared opuesta, a otra habitación en el
interior de la casa.
Siguiendo
por el pasillo, llegamos a lo que debió ser el comedor y la cocina. Un extraña
pintura mural en el comedor, muy desgastada mostraba a un grupo de diez
personas arrodilladas en círculo en torno a un hueco en el suelo del que
emergía un árbol. Sin embargo en la otra pared, la imagen de la muerte
encapuchada y con su hoz nos miraba tranquila. Qué buen rollo,¿verdad?
Lo cierto es
que no asustaba. Simplemente estaba ahí, como una obra de arte en un museo más
(¿Pero tú has ido a un museo en tu vida, chaval? Me preguntarás lleno de dudas.
Normal.)
Por las
ventanas se veía la calle principal y frente a nosotros otras tres casitas de
las que ya solo quedaban los muros. Los árboles crecían dentro de ellas, entre
los escombros de los tejados. Conforme mirabas a mano izquierda, dejando a
nuestra espalda el mural de la muerte las ruinas de la cocina nos saludaban.
Los azulejos blancos y una pileta destrozada dejaban memoria de cuál fue su
función.
Con sumo cuidado y suma curiosidad,
ascendimos por las escaleras, llegando al piso superior. A mano derecha quedaba
el mirador que antes fue un balconcito, que se veía desde la calle.
Había
habitaciones a ambos lados del pasillo. Una pequeñita a mano derecha del
balcón. Otra mayor a mano izquierda. Otra a su lado, más o menos igual de
grande. Frente a ella un pequeño pasillo con un baño completamente arruinado y
una escalera que subía al tercer piso.
Por
supuesto, a pesar de los escombros que cubrían los escalones, subimos. Pues
faltaría más.
Los
escalones llevaban a otra escalera encalada como las paredes de la cámara
abuhardillada a la que conducían. Tres o cuatro (o cinco o seis) enormes
murciélagos volaban por toda la estancia. Incluso nos llegaron a rozar en algún
momento. Tras ajustarse la gorra a la cabeza (ahí esa seguridad especializada,
sí señor) Papá se decidió a explorar también esta estancia.
Estaba claro que había sido un lugar de almacenamiento, por los huecos para las
alacenas y los restos de cerámica que se veían por el suelo. La estancia estaba
partida por la mitad gracias la pared que quedaba a nuestra izquierda y
continuaba en el otro lado. Girando a la izquierda, rodeando la pared la cámara continuaba y al fondo
a la izquierda, otra habitación se abría ante nosotros. Era el reino de los
murciélagos gigantes que revoloteaban con nerviosismo por nuestra presencia. Un
par de fotos rápidas y a continuar nuestra visita por el poblado
abandonado del Tranco del Lobo. Eso sí, como Papá se dio un cabezazo (menos mal que
llevábamos la gorra que nos salva de todos los males) contra el techo bajo la
escalera. Ea.
Dimos la
vuelta al edificio, bordeándolo. La prudencia de los exploradores y el avanzado
estado de deterioro de las tres siguientes casitas adosadas, que era mayor aún
que el de las tres primeras, aconsejaban observarlas desde fuera, sin pretender
pasar a su interior. Papa les hizo una foto a Mamá y a la nena junto a una
puerta en que rezaba pintada, la palabra “Respeto”.
A través de
los huecos de las ventanas se veían otros dibujos en las paredes, mirándonos
con cansancio y cierto desdén. Evitando los cardos y la maleza, más alta y
cerrada que la creía en el extremo
opuesto, llegamos al borde del camino, donde abruptamente comenzaba una
pendiente que llevaba a otras pequeñas casitas abandonadas, sin puertas,
ventanas ni techo.
Giramos
hacia la carretera a cuyos dos lados se levantan las casas que habíamos visitado.
Por las ventanas observamos su interior, con sus chimeneas y sus suelos llenos
de escombros.
En el otro
lado del camino una excavación en el terraplén cortado, a través del que
surgían las raíces de los pinos ofrecía una construcción diferente. Superando
una acumulación de tierra de un metro de alto (“Cuidado, cariño, no te vayas a
caer. Cuidado, pisa con seguridad, mira dónde pones los pies”…qué os voy a
contar, se abría lo que en su día debió de ser un almacén o un refugio de
animales. Un árbol crecía justo en el centro, elevando sus ramas sobre él y
creando la ilusión de un techo. A ambos lados de las paredes, se observaban, a
unos tres o cuatro metros de altura, unos huecos no naturales, paralelos entre
sí, por lo que dedujo Mamá que unos palos gruesos, a modo de viguetas
sustentarían un tejado de chamizo.
Y a continuación, tras un vano ancho y alto
una habitación con paredes y suelo encalados, con un banco escavado en la pared
a cada lado, idénticos, y una estructura de ladrillo arruinada que bajo una
cubierta abovedada. No tenemos ni idea de la función de esta habitación, pero era
evidente que allí se refugiaba momentáneamente gente, por los restos de bolsas
de aperitivos y botes que vimos en el suelo. Eso sí, recogidos, no abandonados.
Salimos otra
vez al exterior y nos dirigimos a las casitas que se veían desde el interior de la casa gris, y que estaban justo
enfrente, bajo el terraplén. De todo el conjunto, sólo el lavadero y la
chimenea que aún se adivinaban dejaban sospechar que allí hubiera se hubiera
habitado en alguna ocasión. La vegetación invadía por completo los espacios,
reclamando como siempre su sitio y su señorío sobre el lugar.
Nos hicimos
un cutre-selfie junto a la entrada de este lado de la casa gris. No entiendo
cómo la gente sale tan bien en los selfies. Yo siempre salgo con parte de la
cabeza cortada, los ojos cerrados y la boca torcida. Todo al mismo tiempo.
Caminamos de
nuevo en dirección a la cueva-refugio, y a la vuelta de la misma, una vez
pasada, saludamos a unos moteros que bajaron por el camino desde Alcalá del
Júcar. Ahora vimos, junto al terraplén, un pequeño corral guardado por una gran
piedra, enorme casi tan alta como Mamá que, con letras negras rezaba “Roca, sí
y a mucha honra”.
Mientras Papá buscaba al otro lado
de la carretera un lugar para llegar al río que no fuera el mismo por el que
habíamos llegado pasaron unas motos. Unas iban hacia arriba y, segundos después, bajaban otras dos. Papá que vio las que subían y no las que bajaban estuvo a
punto de acabar bajo las ruedas de una de ellas,.
Menos mal que un grito de mamá
que le chilló : "quieto, quieto, quieto"…hizo su efecto y le dejo plantado en el
sitio…menudo susto si se mueve…
Un poquito
más allá, subiendo por el camino hacia arriba encontramos una cueva, con una
cortina haciendo las veces de puerta. Un pequeño oscuro resquicio entre la cortina y el arco natural de
la entrada nos recordaba el frescor de la sombra más aún dado el calor que nos
atenazaba esa mañana.
Un poco más abajo a la izquierda
de la puerta de la cueva se podía ver una humilde cruz hecha con dos palos de
madera atados con una cuerda y junto a ella una candela, las típicas que usan las abuelitas para poner en el cementerio,
las que llenan todos los comercios para todos los santos en noviembre. No le
faltaba su protección de plástico rojo chamuscado, que les da un aire de objeto
barato. Por supuesto estaba apagada.
No pude evitar acercarme, atraída por
el contraste del blanco visillo, que a pesar de su suciedad parecía resplandecer
sobre el negro interior de la cueva.
Desde
luego hay que reconocer el genio del artista que puso en escena toda esta
parafernalia para crear este ambiente que tanto nos gustó y nos impactó.
Estábamos
preguntándonos qué camino tomar cuando otra familia que subía por el sendero
tortuoso a través de los árboles nos mostró qué hacer.
Esperamos que subieran y
bajamos por él. Primero nos detuvimos juntos a las casitas que habíamos visto
desde lo alto, y luego, entre pinos, raíces y ramas, apoyando bien nuestros
pies para no resbalar, dándonos la mano en los tramos más empinados,
llegamos al puente de piedra que cruzaba el canal artificial de agua. Desde allí, bajamos a saludar a las mariposas blancas, que seguían revoleteando en las flores junto a la valla que prohibía el paso.
Luego
cruzamos la pasarela colgante sobre el Júcar, que se balanceaba a nuestro paso,
crujiendo bajo nuestros pies.
Llegamos
por fin al coche y nos dispusimos a almorzar en un bonito apartado bajo la
pasarela, junto al río, en un gracioso banco de madera. Al terminar el tentempié,
la nena quiso mojarse los pies en el río. Y como no, terminó desnudita en el
agua salpicando entre risas y grititos, con los pececitos nadando a su
alrededor.
Nos
fuimos cuando empezaron a llegar bañistas dispuestos a disfrutar de las aguas
del río. Casi a la hora de comer. Como siempre, la subida fue menos difícil de
realizar que la bajadita, aunque el camino que seguimos fue el mismo. Nuestra
furgonecita, de pocos caballos de potencia y blanco barato se portó como una
campeona, subiendo la mayor parte en segunda y sin quejarse. ¡Olé ahí!
Como vimos que se nos
hacía la hora de comer en carretera y sabemos que no es seguro eso de comer
fuera de momento, Papá tuvo la gran idea de encargar comida al restaurante
chino. Mamá llamó y encargó tres menús para recoger, y así lo hicimos; así al
llegar a casa podríamos comer enseguida.
Al
final, llegamos a comer a casa, donde descansamos toda la tarde y recordamos
los mejores momentos gracias a las fotos que hizo Mamá (Papá siempre las
desenfoca).
Nos
falta la segunda parte de esta aventura. La visita a la abandonada central
eléctrica de el Embalse de El Molinar, en Villa de Ves, que dio lugar a este
poblado del El Tranco de El Lobo.
Próximamente,
lo visitaremos. Anda que no.








































Se avecina un verano lleno de aventuras.
ResponderEliminarYupi
ResponderEliminarUahuu que buen plan para un domingo! O sábado.. o.. cualquier día!
ResponderEliminarEs ideal para ir con niños. ¡Nos alegra que te guste!
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