jueves, 23 de julio de 2020



El Tolmo de Minateda (Hellín).
21 de junio de 2020.

Esta fue nuestra primera aventura de este verano. Visitamos el Tolmo de Minateda, en Hellín. Muy cerquita de casa. Nos lo tomamos como un experimento, algo cercano, y a ver qué tal llevábamos las medidas anti-covid. Y todo lo que conllevan.

Estábamos ya un poco asfixiados tras el confinamiento y necesitábamos salir de casa.
Y como Mamá llevaba mucho tiempo queriendo visitar el Tolmo y como Papá llevaba mucho tiempo deseando darle ese pequeño caprichito, pues reservamos la visita para el domingo más cercano que pudimos.

Tuvo que ser en plena ola de calor. De 12 a 13.30 de la mañana, sin una puñetera sombra. Un calor que derretía las piedras, licuándolas y llevándolas luego a ebullición. O eso parecía.
Pero teníamos unas ganas locas de salir.

Como hace ya un mes que fuimos, nuestros recuerdos nos son tan buenos como deberían. Lo compensaremos con muchas fotos de la visita ¿vale?

Contra todo pronóstico en esta familia, salimos a tiempo. ¡A tiempo! El confinamiento había hecho milagros en nuestras costumbres atávicas de salida. Y además, no nos perdimos para llegar. No parecíamos nosotros.

A las 11.50 estábamos en la puerta del yacimiento. Cerrada. Ni un alma por allí.
Papá bajo de la furgoneta. Miró a un lado y a otro. Empujó la puerta. Tiró (por si acaso) de ella. Nada, ni el increíble Hulk la hubiera movida un milímetro.
Entró de nuevo en la furgo. Echamos a dos de las cuatro moscas que habían aprovechado para entrar. Llamamos al contacto del yacimiento y nos dijeron que en seguida nos abrirían, que el anterior grupo aún no había salido. Resoplido familiar de alivio. Menos mal.

Casi inmediatamente, un chico con pantalón largo de uniforme y una camisa de manga larga (ya hay que tener redaños) nos abrió la puerta. Siguiendo sus indicaciones, llegamos al aparcamiento. Un techado sobre el que habían instalados placas solares. Qué listos. Otra cosa no, pero sol, lo que es sol, no falta por allí.

Cuando el otro grupo se marchó, nos presentamos al guía. Nos comentó, como ya sabíamos que no podríamos acceder al centro de interpretación por las medidas anti COVID 19, pero sí a los aseos si lo necesitábamos y comprar agua de la máquina de refrescos. Como siempre, Papá había preparado la excursión como si nos fuéramos a encontrar con un apocalipsis zombie, así que no hizo falta.

Nos juntamos con el guía, Javier, un arqueólogo del mismo Hellín, en una de las pocas sombras que nos quedaban por disfrutar, al final del complejo del centro de interpretación. Desde allí nos hizo una semblanza general de lo que íbamos a ver y de la historia del asentamiento en general. Estuvo habitado desde la prehistoria hasta la edad media, de forma estable. Y luego, intermitentemente hasta incluso el siglo XIX.

La última sombra.

Parece ser que la falta de agua que ahora era evidente, no lo era en el pasado, sino todo lo contrario. De hecho, las riadas eran cosas muy corrientes, nos explicó Javier. Vale, vale. Pues menos mal.

Tras eso, iniciamos el recorrido, con Lucía persiguiendo lagartijas que salían a saludarnos hasta la rambla donde comienza el asentamiento. Es indescriptible reconocer en las piedras las huellas por donde corrían los carros. 

Javier nos explicó como en este yacimiento pasaba una cosa que no pasa en ningún otro lugar, es la arqueología inversa, como el camino se iba desgastando por las rodadura de las ruedas, cada cierto tiempo el camino se volvía a excavar, por lo tanto en el camino lo que está más arriba es lo más antiguo y lo de más abajo lo más nuevo. Qué curioso…

 Las rodaduras de los carros para subir al asentamiento.





La visión del Tolmo a la vuelta del camino, es impresionante. Íberos, romanos, visigodos y musulmanes vivieron aquí, murieron aquí, aprendieron a convivir con la naturaleza y a buscar refugio entre estas rocas. Las tres murallas defensivas que cerraban el asentamiento, una de cada época atestiguaban lo que eran capaces de hacer nuestros antepasados.




Lucía flipaba con las inscripciones en las rocas, intentando leer las palabras talladas en ellas.
Subimos y subimos. 








Y el calor empezaba a pesar, a ralentizar nuestros pasos. 

Menos mal que el mejor aliado de los papás en estas ocasiones, vino a ayudarnos para mantener vivo el interés de la nena frente al extraordinario calor. Un conejo, primero y unas lagartijas luego, nos sirvieron de ayuda hasta llegar hasta el gran complejo situado en todo lo alto del Tolmo, la Basílica.

Lucía quería saber donde estaban las tumbas y como enterraban a los niños allí. Javier nos mostró unas láminas para ayudarnos a comprender lo que había sido la gran construcción, y a imaginar desde las ruinas actuales como construirla en nuestra imaginación.
Nos imaginamos a los que iban a recibir el bautismo introduciéndose en la pequeña piscina en forma de cruz saliendo reconocidos como fieles.

Junto a la basílica, se encontraba el palacio episcopal, un edificio en el que las estancias se abría al patio interior, en el que se encontraban carteles informativos que mostraban grafitos en letra cursiva hallados en el yacimiento y algunos dibujos, nada más pues lo normal era llevarse todo el mobiliario al trasladar el palacio a una nueva ciudad. Vaya….














Paseamos por la ruta hasta que tuvimos que empezar a descender de nuevo.

Aaaaaaaaaah, ¡qué calor!  Estamos a punto de bajar y Mamá tiene que arrastrarme, en pocos minutos no se ve a Papá ni a Javier.
Estoy muertaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa, me achicharrooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo.

Al llegar a las murallas, Javier nos hizo fijarnos en la gran cruz visigoda excavada en la roca.

Y volvimos sobre nuestros pasos. Allí hablamos un rato con Javier y Gemma, la encargada del yacimiento, sobre historia, recreación histórica y talleres para niños. Lo más normal, para nosotros, claro.

Tenemos que volver, cuando haga menos calor y podamos disfrutar del centro de interpretación. Y a visitar las pinturas ruprestes del abrigo, que esta vez, por el enorme calor, decidimos dejar para otra ocasión.

Eso, eso, cuando el agua  no se evapore y las piedras no se derritan.

Eso sí, antes de partir, foto junto al cartel del yacimiento, para tenerlo siempre en la memoria.

2 comentarios:

  1. Me lo apunto en tareas pendientes. Que chulo!!

    ResponderEliminar
  2. Pero que sea con menos calor. Por lo demás, es muy recomendable. Los guías son muy simpáticos y el entorno es inigualable.

    ResponderEliminar